VENDEDORA DE RECUERDOS


Tengo entre mis manos los recuerdos que llevo comprando, desde hace un tiempo, a una proveedora extraordinaria.

El día que comencé a adquirirlos; había salido a vagar por la ciudad con mis pensamientos, una desolada languidez, mirando mi propia sombra. Pensando en las oscuras ruinas de mi vida, mientras me sentía uno entre un millón, mezclado con un torrente de muchedumbre, en el que todos se afanaban, nadie parecía saber a dónde iba, ni de dónde venía, como un sinfín de moscas entre el espeso polvo del verano. Caminaba por las mismas calles, pues la ciudad siempre parece la misma. 

Quise huir del tumulto y entré en la parte más antigua de la ciudad, en una calleja por la que había pasado muchas veces. Aquel día encontré algo diferente en ella, una tienda cuyo rótulo de letras rojas, en la parte superior de la fachada, decía, SE VENDEN RECUERDOS; el escaparate y la puerta de cristal ocupaban la fachada entera dejando ver todo el interior. Este era largo y profundo, y en él todo era blanco: las paredes, los libros sin letras en el lomo, apoyados en una línea del estante que recorría, de parte a parte, cada una de las paredes laterales. También era blanca la mesa baja que mostraba los libros del escaparate, al igual que estos, sin imágenes en la portada y, como pude comprobar después, también en blanco las páginas interiores.

En la puerta de entrada, sobre el cristal, un cartel advertía que el aforo era para una sola persona. Miré el interior y comprobé que no había ningún cliente; un fuerte impulso me hizo empujar la puerta y entrar. 

Al fondo, detrás de una mesa de madera clara, estaba sentada una mujer dibujando o escribiendo en uno de los libros. Levantó la mirada y me observó mientras me acercaba. Con un suave gesto de su mano me indicó que tomara asiento en la única silla que había a este lado de la mesa, y esperó en silencio a que yo hablase.

Ante lo insólito del lugar y de la actitud de la persona que tenía enfrente, se me perdieron las palabras. A pesar de ello, ella esperó pacientemente a que estas volvieran a encontrarme y, finalmente, le pregunté.

  • ¿Es cierto que se venden recuerdos?

  • Así es.

  • ¿Cómo son los recuerdos que se venden?

  • Solo lo sabe el que los adquiere.

  • Entonces, ¿cómo se ofrecen?

  • Siguiendo las instrucciones.

  • ¿En qué consisten?

  • En el tiempo de silencio necesario.

  • Necesario, ¿para qué?

  • Para reconocer los recuerdos.

  • ¿Qué valen si uno mismo los consigue?

  • Según el valor que cada uno les dé.

  • ¿Cuál es el precio de cada recuerdo?

  • Va implícito, lo valora cada cual.

Durante un tiempo estuve en silencio observando a la mujer que tenía delante. No sabría precisar su edad. Su rostro ovalado era bello a pesar de la ausencia de expresión; la frente era amplia, llevaba el pelo negro peinado hacia atrás, recogido en una trenza que caía por la espalda y descansaba sobre su sencillo vestido blanco. Los ojos grandes y negros miraban directamente a los míos, y sin embargo no intimidaban; sus labios tenían un dibujo perfecto, no sonreía pero su gesto era afable. 

Siguiendo las instrucciones estuve frente a ella, intercambiando nuestras miradas; no recuerdo cuánto tiempo, sin decir una sola palabra; cuando sentí que era el momento me levanté. Como ella me había explicado previamente, cogí uno de los libros que estaban sobre la mesa, la saludé con una inclinación de cabeza y salí a la calle. 

Caminé directo a casa, allí, abrí el libro y comencé a volcar en él los recuerdos que había adquirido compartiendo el silencio. Cada vez que me quedaba sin ellos, visitaba la tienda, me sentaba frente a ella y el tiempo desaparecía sin palabras, pero siempre salía de allí con multitud de recuerdos, luego los encerraba en el libro blanco que cada vez lo era menos. Cuando lo lo recogí, fue el momento de pagarle.

Ese es el objeto que tengo entre mis manos. En su interior hay un sinfín de recuerdos. En la parte de fuera una imagen ocupa por completo las dos cubierta, y en ella aparece una multitud de “deseos”; de esos que solemos soplar cuando los encontramos, para que vuelen lejos y lleguen a su destino. En la imagen destacan, blancos, sobre el negro de una noche profunda, deslizándose sobre un mar plateado; del que emergen las letras de color rojo del título  Recuerdos... torbellino de deseos... 

Mientras me quede tiempo, seguiré comprando en esa tienda futuros recuerdos.



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